miércoles 22 de junio de 2011

El blues de la noche de San Juan



Estilando, prácticamente mojado hasta los calzoncillos y con los huesos como témpanos de hielo, Roberto entró a su casa a eso de las dos de la mañana.

Llegó directo a avivar el carbón que aún agonizaba entre la ceniza del brasero. Estrujó su ropa y se acostó desnudo, dispuesto a olvidar todo lo que había pasado.
Era Noche de San Juan.

Roberto había caminado casi cinco kilómetros con su guitarra al hombro, hasta llegar justo a la medianoche a aquel misterioso cruce de senderos ubicado entre unos cerros de Mississippi, en la costa de Mariquina, casi al lado de donde cincuenta años atrás muchas personas se salvaron de las olas gigantes del maremoto del 60.

Se paró justo en la mitad del crucero, y mientras cerca de su hogar su hermana se lavaba las manos en el agua de una vertiente para mantenerse joven y su mamá dejaba tres papas debajo de la cama antes de dormir, comenzó a tocar la guitarra como un loco en medio de la soledad del campo.

La luna llena, que parecía haberlo seguido hasta ese cruce, de pronto se escondió y un diluvio casi bíblico se le vino encima a Roberto, empapándolo sin piedad.

Traspasando el umbral de la fiebre, el joven porfió en seguir aporreando las cuerdas, derramando su escaso repertorio y su mediocre técnica, que el aguacero, en todo caso, terminó haciendo completamente inaudible.

Aburrido de la rutina campesina, estaba convencido de que tarde o temprano aparecería el “cachúo” para quitarle el instrumento de las manos, afinárselo y darle así un talento inigualable como guitarrista.

Se acordaba de la historia de un negro, tocayo suyo, que le había relatado su profesor de música poco antes de que muriera su taita y tuviera que dejar obligadamente el colegio del pueblo, ubicado a un par de kilómetros, para hacerse cargo de los escasos animales y las siembras.

Claro que, inquieto como era, no puso atención a la leyenda completa y nunca supo que aquel músico de color tocaba blues y no guarachas ni rancheras y que el lugar exacto para invocar al coludo parecía estar a miles de kilómetros de ahí, si es que algo de cierto tenía ese cuento.

Exactamente, aquel cruce lo situaban entre la autopista 61 y la 49, cerca de una localidad llamada Clarksdale.

Es cierto que el poblado estaba en Mississippi, pero no se trataba en ningún caso de la aldea del mismo nombre levantada frente a Mehuín después del terremoto, con la ayuda de los gringos, sino que en el Mississippi original, en Estados Unidos.

“Le fui a vender el alma al diablo y el muy desgraciado no quiso comprármela”, terminó maldiciendo Roberto, entre tiritones y escalofríos, mientras una mueca de pavor se dibujaba bruscamente en su cara al ver que su guitarra se iba hinchando para finalmente quedar inservible, con su caja arqueada y el puente despegado.

Todo por culpa de la lluvia y de una leyenda que le dejó la fiebre como ínfima primicia del infierno.

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