
¿Qué tienen en común el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43?
Coinciden en ser lo que los matemáticos llaman números primos gemelos, parejas casi sucesivas a no ser por una cifra par que siempre les impide tocarse.
Solos y perdidos, próximos pero nunca juntos, Mattia y Alice, los protagonistas de “La soledad de los números primos”, se parecen demasiado a ellos.
Marcados por eventos traumáticos en la infancia –él por abandonar a su hermana gemela en un parque desde donde desapareció para siempre; ella, por un accidente de esquí- los dos jóvenes son incapaces de exteriorizar lo que realmente sienten y se refugian en conductas distantes y autodestructivas.
“Los años del instituto fueron para ambos como una herida abierta, tan profunda que no creían que fuera a cicatrizar jamás. Los pasaron como de puntillas, rechazando él el mundo, sintiéndose ella rechazada por el mundo, lo que a fin de cuentas acabó pareciéndoles lo mismo. Habían trabado una amistad precaria y asimétrica, hecha de largas ausencias y muchos silencios, como un ámbito puro y desierto en el que podían volver a respirar cuando se ahogaban entre las paredes del instituto”.
No es casualidad que el italiano Paolo Giordano, joven autor de esta novela, sea físico teórico, ya que lo más brillante de ella, junto con su estilo subyugante y su profundidad psicológica, es la poderosa alegoría matemática que presenta. Sin duda este aspecto es clave para explicar los múltiples premios obtenidos por esta obra y su éxito de ventas a nivel internacional.
No hay comentarios:
Publicar un comentario