Esa noche no te sentí llegar. Me desvelé, no sé si esperándote, no sé si simplemente porque mis nervios destrozados tomaron el control de todo y se negaban a apagar mi cerebro.
No escuché el roce quejumbroso del portón al abrirse por la fuerza de tus manos. Tampoco oí tu voz recriminando con cariño las emocionadas piruetas de Carrie, acostumbrada a dejar las patas marcadas en tu abrigo o tu pantalón.
En efecto, esa noche el saludo de tu perra habría sido más evidente y difícil de borrar, porque llevabas esos jeans claros, ajustados, que tanto me gustan.
Pero no pude verte de nuevo, a pesar de que me paseaba como un recluso desde mi cama a la ventana, pero todo en tu casa seguía oscuro y sin movimiento. Sólo a ratos era posible percibir un leve parpadeo desde el living, ocasionado por el equipo de música que habías dejado encendido. Ese descuido ya te había ocurrido en la semana, precisamente tres días antes, cuando saliste apurada, con el pelo todavía mojado y abotonándote la blusa.
Esa mañana dejaste sonando un disco medio tristón de Marillion, algo diferente al CD de Queen que seguí oyendo hoy tras tu partida.
Pero ese no fue tu único descuido del día.
Saliste del trabajo a la misma hora de siempre, compraste pan y comida para perro en el supermercado y caminaste sin prisa al paradero. Antes de llegar viste a tu vecino que, casualmente –pensaste-, pasaba por ahí y te hacía señas desde su camioneta blanca. No dudaste en aceptar el amable ofrecimiento y te subiste.
Por eso no pude verte de nuevo llegando a casa, agazapado entre las cortinas, en la oscuridad de mi cuarto. Por eso tampoco pude dormirme esa noche, pensando en tus pantalones ajustados, en tus ojos de espanto, en el cuchillo que tiré a cualquier parte y en la sangre que manchó la camioneta.
Apenas pude estacionarme entre tu casa y la mía, mientras Carrie ladraba esperando tu regreso.
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