sábado, 19 de marzo de 2011

Demasiada luna

Esa noche, apenas oscureció, mi pequeño perro Carver, mezcla de quiltro con schnauzer, comenzó a ladrarle al cielo, enardecido por esa fiebre de luz que caía de las alturas.

Sin transición alguna, sus ladridos secos mudaron de pronto a gruesos aullidos, tan profundos como si una horda de frailes entonara un salmo poseída por el hipo.
Rápidamente nos dimos cuenta que Carver no estaba solo en sus protestas y que se le habían unido en un coro infernal todos los perros de la villa o, quizás, de la ciudad.

Abandonados en espasmos guturales, que parecían la banda sonora precisa para el apocalipsis, los cuadrúpedos aullaron sin descanso hasta el amanecer. No supimos si fue rabia o temor lo que los mantuvo en vigilia frente a esa luna gigante que no volvería a repetirse en 20 años, o sea, que nunca más verían en sus insignificantes vidas.

La llegada del sol fue bajando el telón a los cantos macabros, mientras uno a uno iban cayendo los perros por las calles, exhaustos y adoloridos, con los ojos como ampolletas encendidas, reflejando el destello amarillento que los había terminado atorando, sin dejarlos respirar.

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