miércoles, 23 de diciembre de 2009

POESÍA CHILENA, GRANDES ÉXITOS


No estimo arriesgado decir que, sin olvidarse de Nicanor Parra, Gonzalo Rojas y Óscar Hahn son los más reconocidos y admirados poetas vivos de Chile.

Al primero, el viejo asmático y tartamudo de Lebu, sólo le cabe la etiqueta de “gonzálico” o “rojiano”, debido a esa bendita alquimia por la cual conjuró en un registro propio lo mejor de la lírica de su generación, marcada por el surrealismo mandragórico, la poesía metafísica y la antipoesía parriana.

Hahn, en tanto, ha sido preferentemente un vate en las antípodas, primero porque creció en el extremo norte cuando sus pares generacionales se movían entre Concepción y Valdivia; después, porque el exilio –que también golpeó a Rojas- lo llevó a radicarse en Estados Unidos. Así, en sus versos Hahn se ha movido entre la tradición medieval del soneto y una vanguardia empapada de minimalismo y cultura pop.

Ambas voces curtidas por los temas universales del amor y la muerte son rescatadas con toda su potencia en las antologías “Señales de vida” (Óscar Hahn) y “Qedeshí­m Qedeshóth” (Gonzalo Rojas), ambas editadas este año por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Actualizada hasta su último libro, “Pena de vida” (2008), la colección de Hahn condensa en 257 páginas lo mejor de sus ocho títulos, el primero de los cuales – “De esta rosa negra”- vio la luz en 1961. La obra no se olvida de clásicos indiscutibles como “A mi bella enemiga” (“No seas vanidosa amor mío/porque para serte franco/tu belleza no es del otro mundo/Pero tampoco es de éste”), “Misterio gozoso” (“Pongo la punta de mi lengua golosa en el centro mismo/del misterio gozoso que ocultas…”, versos que le valieron la censura de su poemario “Mal de amor”, el único libro de poesía proscrito durante la dictadura) o “Visión de Hiroshima” (“…El aceite nos arrancaba los dedos de los pies/las sillas golpeaban las ventanas/flotando en marejadas de ojos,/los edificios licuados se veían chorrear/por troncos de árboles sin cabeza…”).
Y también recoge poemas recientes como “Nirvana” (“Tienen rabia los cantantes de Rock and Roll/Tiene rabia Kurt Cobain/ Golpean las guitarras contra la pared/como si golpearan sus rubias cabezas/Castigan los tambores hasta hacerlos sangrar”) y “Advertencia al torturador” (“…y verás tu cabeza cayendo de ese árbol/como un fruto podrido/ y la verás rodar hacia el infierno”).

La de Rojas, por su parte, abarca prácticamente siete décadas de creación poética, incluyendo 12 textos inéditos. No se presenta en orden cronológico – “Señales de vida” va de lo más reciente a lo más antiguo- sino que en forma temática. Así, por ejemplo, bajo el título “Los niños” engloba emocionados homenajes a Vallejo (“…Lo fueron/secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio”), William Blake (“Lo gozoso y lo luctuoso tiró él por mí al Támesis/turbulento erró/errante por errar…”), Teillier (“Ay, polvo enamorado, ya este loco habrá/entrado en la eternidad de su alcohol/que era como su niñez…”) y John Lennon (“aunque sea sábado y sigas/teniendo 22 tocando/durmiendo toca hasta el fin…”), entre otros.

No podía quedar fuera de estas 336 páginas uno de sus poemas más recordados poemas, “¿Qué se ama cuando se ama?” (“…Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra/de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar/trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una/a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”).

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