
Descubiertas recién a partir de 2004, tras décadas de anónimo silencio, las obras de Irène Némirovsky (1903-1942) instalaron su nombre en lo alto de la literatura europea del siglo XX, principalmente gracias a “Suite francesa”.
Nacida en Kiev, en una acomodada familia de banqueros judío-ucranianos, la escritora debió abandonar Rusia luego de la Revolución de Octubre, con destino a Francia. Más de veinte años después, cuando ya cosechaba prestigio literario en el medio francés, la sorprende la invasión alemana, siendo detenida y deportada al campo de exterminio de Auschwitz, donde muere de tifus.
Bastan estos dos datos de su biografía para reconocerla como una artista modélica de la centuria pasada, que vio su existencia directamente marcada por las contradicciones y horrores que, a su vez, marcaron también el devenir del siglo.
“El caso Kurílov” (Salamandra, 2010) toma una de esas hebras, narrando la historia de León M., un terrorista revolucionario hijo de deportados políticos, que tiene la misión de eliminar al ministro de Instrucción Pública del zar, Valerian Alexándrovich Kurílov.
El siniestro poder de este personero, conocido como “el Cachalote” por su ferocidad y voracidad, no obstante tiene flancos débiles: padece de cáncer hepático y sufre el desprecio de parte de la alta sociedad debido al pasado de su esposa y otrora amante, una ex cantante calificada como “mujer ligera”.
“Ellos saben cuál es mi punto débil –aseguró con énfasis- y cada vez que doy un paso adelante, ahí es donde me golpean. Mi vida se ha convertido en un infierno. ¡Si supiera usted qué indecencias, qué mentiras se cuentan diariamente a propósito de mi mujer!”, se lamenta Kurílov en una conversación.
León se hace pasar por un médico suizo, Marcel Legrand, para llegar hasta la cabecera misma del ministro, conviviendo con él en su residencia de verano. En estos contactos comienza a descubrir su cara humana e incluso llega a dudar respecto al sentido de asesinarlo. “Me horrorizaba y sublevaba la idea de tener que matar a aquel hombre, ciega criatura sobre la que la mano de la muerte se extendía y cuya sombra se proyectaba ya sobre su rostro, pero que aún seguía acariciando vanos sueños y ambiciones”, confiesa el revolucionario.
Más allá de las cinco páginas iniciales, que narran en tercera persona el encuentro en un café de Suiza entre el bolchevique y un miembro retirado de las fuerzas de seguridad del zar, la novela utiliza el recurso del manuscrito hallado –en este caso, hojas mecanografiadas encontradas tras la muerte de León- para presentar todos los pormenores en primera persona.
Esta forma plana favorece una lectura rápida y sin dificultades. Sin embargo, a ratos se echan en falta otras perspectivas y una mayor profundización en los caracteres de los personajes secundarios, aunque algunos de ellos se van desnudando, en parte, a través de los diálogos. En cuanto al protagonista, su perfil psicológico aparece marcado por un determinismo radical que logra convencer. Como señalara Coetzee, en esta obra Némirovsky plasma con maestría “la progresiva humanización de un asesino”.
Además, en sus breves 155 páginas, “El caso Kurílov” funciona como un somero cuadro de la Rusia prerrevolucionaria, marcada por las intrigas y una violenta efervescencia. “Daba la sensación de que todos los habitantes de Rusia se pasaban la vida espiándose y denunciándose unos a otros”, comenta León, evidenciando una realidad que seguirá presente, incluso de forma más aguda, tras la caída del zarismo.
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