
Llena de frases hondas, pausas y silencios, “La profundidad de la piel” (Editorial Norma, 2010) es una novela de amores imperfectos, a medio camino entre el zen y la poesía.
Ampliamente reconocido por sus novelas históricas, que han aportado otras miradas al México del bicentenario, Pedro Ángel Palou se da un respiro en esta, su última obra, en donde vuelve a beber directamente del remanso de las palabras.
Un músico retirado, que ya no interpreta, sino que transcribe partituras, visita a una pintora que en algún tiempo pudo ser su amante, pero que ahora es únicamente su “amiga del cuello largo”. Aún deshecha, ella no hace más que contarle los pormenores de la relación que tuvo con el “pintor del mundo flotante”, de quien aprendió no sólo lecciones de arte, sino que también de amor y despedida. Entremedio, ambos se pierden en la historia de una pasión más antigua, que es la de Yohiki y el emperador Hsüan-tsung.
Si bien la trama es simple, cada línea amenaza con quedarse escrita en la retina del lector, por mucho que las 135 páginas del libro se esfumen rápidamente, como se pierden las confesiones amorosas en el vaho de tardes gélidamente invernales.
En el fondo, “La profundidad de la piel” es una novela sobre reunir fuerzas para hacer del cuerpo alma, recordando que para que existan historias de amor muchas veces se precisan tres seres humanos, aunque el tercero en disputa no llegue a ser más que una sombra.
Un drama sobre el tiempo, el amor y el destino, en palabras de Palou, una “huella escatológica de que para mí el amor también pertenece al territorio de lo que no se olvida”.
El tono japonés con que la historia está contada termina siendo especialmente envolvente y a ratos recuerda pasajes de Kawabata. De igual forma, las constantes alusiones musicales le otorgan un sabor especial a la narración, que se nutre también de los silencios para remover las emociones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario