martes, 23 de noviembre de 2010

Una palabra, indignación



Cada momento de la historia tiene sus demonios específicos, que parecen ir acorralando al individuo, oprimiéndolo entre las circunstancias y sus propias decisiones. De ahí, sólo queda un paso para terminar doblegando la vida ante los miedos de una época, donde las opciones de los otros llegan a sellar el propio destino.

Marcus Messner, el joven protagonista de “Indignación” grafica muy bien ese proceso. Hijo único de un carnicero kosher, se convierte en el primero de su familia en llegar a la educación superior. Chico ejemplar, acostumbrado a obtener sólo notas sobresalientes, de un momento a otro comienza a sufrir la asfixiante opresión de su padre, que teme perderlo. “Y así era: estaba loco por la preocupación de que su querido hijo único estuviera tan poco preparado para los riesgos de la vida como cualquiera que llega a la edad viril, loco por el aterrador descubrimiento de que un chiquillo crece, gana estatura, eclipsa a sus padres, y entonces no puedes retórnelo, tienes que cederlo al mundo”.

Todo esto, mientras Marcus cursa primer año de Derecho en Newark, la universidad de su localidad, y a miles de kilómetros de ahí otros jóvenes estadounidenses son despedazados por las bayonetas chinas en la guerra de Corea.

Para librarse del largo brazo paterno, Marcus se traslada a Winesburg, Ohio, donde cae, no obstante, en un ambiente extremadamente conservador en el cual su creciente indignación ante las imposiciones morales y religiosas termina llevándolo a su propio fin.

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