martes, 4 de enero de 2011

Huellas en el barro



Grité su nombre varias veces, pero las palabras parecían, simplemente, escaparse a la mudez, volar hasta la vacía zona del silencio, sin que ningún árbol ni menos el espeso muro del bosque, sin que ni siquiera una mísera hoja hiciera amago de detenerlas ni de obstaculizarles el paso hacia la sorda e inconmensurable nada.

Ya se había hecho de noche hacía una hora y el agua fangosa comenzaba a congelar mis pies, apenas cubiertos por unas penosas zapatillas de lona.

- Podríamos desaparecer, ¿no te parece?- me dijo al poco rato de habernos sentado en un banco del jardín botánico, mientras yo rompía con los dientes un extremo de la bolsa de cola de mono que habíamos comprado en el CTL (Centro Tecnológico de la Leche).

- ¿Qué onda? ¿Ya quieres que nos vayamos?- le respondí extrañado, escupiendo al suelo, inconciente, un pedacito de plástico que podrían encontrar algún día mis nietos o incluso los nietos de mis nietos, si llegaran a pasear por ahí y si llegara alguna vez a tener la edad y las agallas para convertirme en abuelo.

- Desaparecer, irse de aquí, cambiar de vida y de mundo, pero en ningún caso a cambio de otra vida u otro mundo- prosiguió, generándome una leve turbación mientras mi garganta iba recibiendo el terciopelo aguardentoso de esa leche que a cada trago parecía dar una vuelta completa por mi cuerpo, como si se me inyectara directo a la sangre y recorriera con ella todos mis órganos y vísceras.

- No sé qué tonteras estás diciendo, y eso que ni siquiera has empezado a tomar- le dije, estirando mi brazo para ofrecerle ese suero dulce y pavoroso.

Nos conocíamos del primer año de la carrera, pero aún no sumaban ni tres meses desde que habíamos establecido cierta complicidad al huir de las horripilantes clases de Estadísticas, capeando la hora de las tardes sentados en ese parque, bebiendo cola de mono.

Un mayo demasiado frío se volvía además húmedo entre tanta vegetación, más todavía por el barro de las orillas frente al río.

Acabamos la bolsa lentamente, con pausas que podrían haberse llenado de palabras de no haber sido porque el silencio estaba instalado cómodamente entre nosotros.

Sígueme, me dijo, y comenzamos a caminar cuando eran casi las siete y yo pensaba que podría estar ya tendido en mi cama tratando de terminar esa tortura de libro de James Joyce que casi todo el mundo en la facultad decía haber leído, mientras mis pensamientos reales iban a estar moviéndose sin duda entre la opción de pan con margarina o algún lujo de un par de tajadas de mortadela fina.

Lo seguí durante horas, adentrándonos en el tupido bosque y en la noche, sin que tuviera noción de la existencia del primero y como si no existiera nada más que la segunda.

Él sólo caminaba, como un poseso, con los ojos demasiado fijos para estar mirando realmente algo, sino que más bien seguían la sombra que se ocultaba y que las nubes dejaban ver a ratos, cuando habrían un claro en el cielo negro y la luna iluminaba alguna minúscula porción de esa realidad cenagosa que me tenía los pies húmedos y la espalda mojada.

De pronto el rayo de luna iluminó la cabeza de un pájaro extraño que parecía observarnos detenidamente, parado en una pata sobre un coligüe, en medio de una gran piscina de fango.

Podríamos desaparecer, repitió, y yo sentí como si hubieran pasado miles de años desde el momento en que había lanzado esa invitación estúpida y la verdad es que sus palabras me volvieron a aturdir y no atiné a hacer nada cuando lo vi perderse en el barro, primero las rodillas, después la cintura y al rato el cuello, él con sus brazos estirados, con la esperanza ciega de coger a esa ave que siguió ahí, silenciosa y vigilante, luego de que él desapareciera por completo.

“Quiso bajarse del mundo y se dejó tragar por el fango”, dije en voz alta, sin percatarme de que ensayaba un epitafio para mi amigo desaparecido, cuyo nombre seguía, no obstante, gritando a voz en cuello.

Pero el ave había dejado hacía rato de mirarme y sólo la luz de la luna, que se posaba cada tanto sobre el barro de ese desconocido humedal, me recordaba que alguna vez mi amigo había estado por ahí, pisando sobre esa trampa de suelo blanduzco.

Y así fue como me quedé gritando, afiebrado de miedo, dándole la espalda a esa zanja y al endemoniado pajarraco, con temor a ver de nuevo esas marcas sobre el barro, las malditas huellas que aún siguen señalando el camino hacia esa otra parte, el otro lugar posible que es desaparecer y perderse, temiendo justamente pensar si no sería mejor también seguirlas.

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