sábado, 12 de marzo de 2011

Nadie tiene por qué saberlo

Un respiro tras los sacudones, un silencio limpio que se traga hasta el ruido que venía del infierno. El mar se aleja como escondiéndose y yo tomo firme a mi hermanita y le digo que nadie se enterará, que no nos regañarán por bajar a la playa y caminar sobre el lecho descubierto para recoger esas conchitas tan extrañas, nunca vistas, mientras la gente arranca y grita horrorizada, en cámara lenta pero en película muda, porque el silencio del océano retrocediendo es tan denso que no deja oír nada, apenas nuestros pasos sobre la orilla agrietada camino hacia el mar.

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