Había una vez un niño llamado Clemente. La primera vez que sus padres lo vieron era puro corazón: apenas 144 latidos por minuto en un minúsculo pedazo de vida no más grande que 1,4 centímetros.
Pasaron los meses y este muchacho convirtió en globo la panza de su mamá, que el día menos pensando podría haber salido volando, de no ser porque al muy pillín le gustaban todas esas cosas ricas que la obligaba a engullir, como chocolates, helados, frutas tropicales y aceitunas, antojos que no habría podido saciar de haber andado por ahí, flotando en el cielo a la deriva.
Clemente, en los ratos libres de la dulce espera, se dedicó a perfeccionar algunas controvertidas técnicas del fútbol cabeza abajo, como el toque corto y el tiro con chanfle, prácticas que en realidad importunaban un poco a su madre, que hacía las veces de cancha, árbitro y pelota. También aprovechó de practicar el piano, utilizando como teclado algunas tripitas inferiores de su mamá.
Por mientras, su papá y su hermano le hablaban en dialectos ridículos, celebrándole cada una de sus travesuras desde el infra-abdomen. Incluso el ñoño melómano de su padre le acomodaba por encima unos gruesos audífonos acolchados, desde los que brotaban refinados contrapuntos de Bach, sin darse cuenta de que los auriculares daban, nada más y nada menos que directo al trasero de Clemente. También hizo ademán de leerle cuentos y una novela, pero las lecturas coincidían, invariablemente, con las horas de colación del pequeño.
De esta forma transcurrieron los meses y, de repente, en medio de una fuerte tormenta con temblor incluido, bien avanzada la madrugada, Clemente se asomó al mundo y finalmente decidió quedarse entre nosotros.
Y así, esa célula que era apenas un suspiro, llegó a pesar 3 kilos 300 gramos y a medir 49 centímetros. Un bebé, que le llaman. Un milagro.
muy lindo!! linda historia mi querido Dany.
ResponderEliminarque lindo.. felicidades por tu hijo.. tb...
ResponderEliminaryo no puedo ser madre...por lo que entiendo lo del milagro...