Si un año ha sido muy bueno –pensó- la tristeza
necesariamente debería invadirnos al llegar el 31 de diciembre. Pero esa penosa
nostalgia no sería tanto por dejar atrás las pequeñas alegrías que de improviso
nos cayeron encima, como diminutos claros de sol en un nublado cielo
valdiviano de fines de agosto. Esos melancólicos escozores de brisa en los
ojos, esos tirones inusitados al torpe nudo en la garganta deberían consagrarse
a la más trágica idea de que quizás eso que vivimos fue en realidad la
felicidad, la exigua porción de felicidad que el destino nos tenía prometida.
El único consuelo entonces -se dijo casi inaudible- es intentar
no olvidarse, tratar de que la memoria no se manche con la humedad macilenta de
los días más felices, la humedad del pasado que termina por volverlo todo
invisible, y por volvernos invisibles –agregó ahora en voz más alta, retirando
con prolijidad cada una de las grapas que mantenían sujeto el calendario a la
pared. Una vez liberado, lo hojeó sin detenerse mucho en las decenas de
anotaciones que poblaban los bordes de cada uno de los meses. Luego lo guardó
en un cajón del armario, justo encima del calendario del año pasado, y del
anterior, y del previo, y así hasta llegar al de una década atrás, cuando tenía
15 años y comenzó con el ritual de archivar los días que tal vez fueron
felices.
Después de resguardar su particular tesoro se sintió
invadido por la misma angustia de cada fin de año, esa que nacía de la torpe
pregunta de si quizás fue feliz mucho antes, cuando niño o tal vez cuando
apenas era un lactante.
Ni las trompetas del “Galeón español”, que sus
hermanas escuchaban a todo volumen desde el comedor, lograron evitarle un
par de lágrimas por la posibilidad cierta de que sus días felices ya eran, efectivamente, irrecuperables.

Nos haces reflexionar sobre esa búsqueda interminable de la felicidad cuando muchas veces la tenemos tan cerca que no deberíamos desgastarnos tanto buscándola
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