martes 10 de enero de 2012

Chicha del diablo


                                                                 I

Casi nada había cambiado en el pueblo, a pesar de esos doce o trece años de ausencia. El mismo polvo decrépito levantado por un viento imperceptible, las mismas casas a medio caer temblando, con vidrios rotos para dejar respirar a las cortinas, o a los fantasmas.
Volver fue idea de mi padre, quien había pasado allí más de la mitad de su vida. Y ahora, ya muy pronto a jubilarse, quizás necesitaba compaginar su inventario de recuerdos para cuando ya no hicieran falta.
Lo curioso es que nos arrastró a todos con él y más encima en Fiestas Patrias.
- De repente te encuentras con algún compañero de colegio o alguna amiguita de esas a las que les escribías poemas-, me lanzó con cierta picardía, a pesar de que ya le había dicho que sí, que iría con él y mi madre a pasar el 18 en la añosa casona del abuelo Alfredo.  
Nos recibió con entusiasmo la Lidia, la nana de siempre y la solitaria habitante de esos largos y oscuros pasillos. Albina y tartamuda, consagró su existencia al servicio de la familia, por lo cual cuando el viejo murió mi padre decidió que ella se quedaría al cuidado de todo y nadie tuvo argumentos medianamente fundados para alegar en contra.
Obviando el clamor de la fachada por una mano de pintura, la casa estaba tal cual como la había visto la última vez, cuando vinimos al funeral del abuelo. Yo era apenas un adolescente y me sentía incómodo en medio de esas paredes oscuras donde las manchas de la madera semejaban ojos, culebras o bicharracos de ignota procedencia. Esa sensación extraña me persiguió durante todos los días de duelo, a pesar de que yo había crecido bajo ese mismo techo, que habíamos abandonado hacía apenas un par de años, cuando mi padre cerró su ferretería y decidió dedicarse a otros negocios en la ciudad.
Ahora las vetas de la madera ni siquiera me llamaban la atención. Los años nos van curando de todo espanto, supongo.
Me instalé en la que había sido mi pieza cuando chico y, con nada más que hacer, intenté avanzar en los Relatos de Beckett, que mi ex novia me había recomendado con tanto ahínco. Por más que lo intenté, al final me fue imposible agarrar el hilo de la lectura. “Cuerpo desnudo blanco fijo invisible blanco en blanco. Sólo los ojos casi azul claro apenas blanco”. De verdad no lograba explicarme cómo el autor de líneas tan estúpidas podía haberse ganado el Nobel.
Aburrido, salí al patio y me puse a intrusear en los cachureos de la bodega. Pillé un cajón lleno de monedas antiguas y restos de un par de revistas con noticias del terremoto del 60. Y más al fondo, arrumbado entre los trastos añejos, al lado de un paragüero oxidado, encontré el molino que usaba mi abuelo para hacer chicha.
La verdad es que mi memoria no conservaba demasiadas imágenes respecto a cómo era el proceso de fabricación, aunque sí retenía escenas del viejo amontonando sacos paperos llenos de manzanas y ofreciendo botellas a diestra y siniestra entre parientes y amistades. Eso sí, algunas no las compartía con nadie. “Esta es la chicha del diablo”, alardeaba el anciano, como echándome miedo, mientras enterraba algunas botellas en el patio. “Hay que atender a las señales para saber cuándo sacarlas”, recuerdo que me dijo una vez, sin que yo le prestara mayor atención, ni siquiera como para preguntarle a qué señales se refería.
Por lo que escuché a la pasada, ese brebaje especial lo elaboraba con las manzanas que le compraba al Turnio López, un tipo bizco y barbudo que infundía miedo entre los muchachos del pueblo por sus modos hoscos y su fealdad. Según contaban, su quinta estaba emplazada sobre un antiquísimo cementerio indígena.
Sin darme cuenta, me quedé ahí plantado frente al molino, pensando en tantas cosas que ya se me habían olvidado del abuelo. Eso, hasta que el olor a empanadas y la voz de mi madre llamándome a comer me trajeron de vuelta al mundo de los vivos.
Después de almorzar le pregunté a Lidia dónde había una pala. Volví al patio, mientras mis padres visitaban a unos vecinos, y empecé a cavar.
Hacía hoyos no muy profundos, revisaba, y volvía a colocar la tierra en su lugar. Así estuve casi toda la tarde, hasta que oí el sonido inconfundible del vidrio.
Levanté la botella y le tiré agua con una manguera para sacarle la tierra y los gusanos que tenía adosados alrededor. 
Ya limpia, la llevé a mi pieza. Me duché y me cambié de ropa para ir a dar una vuelta a las ramadas. Antes de salir me tomé casi la mitad de la chicha. El sabor era perfecto, dulce pero con la frescura de la champaña.


                                                                  II

Nunca supe nada de medias lunas, vueltas, zapateos ni escobillados, pero ahí estaba yo, casi sin solución de continuidad, dando zapatazos en medio de la pista y sacudiendo el aire con un pañuelo roñoso.
La cueca sonaba fuerte y mi cuerpo se movía como si estuviera poseído. Nada de cumbia ni reggaetón, sólo los sones del “Guatón Loyola” y otras canciones del repertorio cuequero que en mi vida había escuchado, pero que no podía dejar de seguir.
Era como si hubiera conocido desde siempre los secretos de esa fórmula mágica que se conjura con la métrica y las figuras que los bailarines describen sobre el suelo, como una telaraña cabalística imposible de romper.
Sin mayor sorpresa reparé en el rostro de la china que me acompañaba: era la Adela, mi compañera de banco en la escuela, a quien le garabatee mi primera carta de amor cuando apenas estaba aprendiendo a escribir.
Pero, claro está, las guitarras, el acordeón y el pandero, junto al machacante compás del cajón, no dejaban resquicios para el romanticismo. La cosa se trataba sólo de supervivencia e instinto, de corretear por aquí y por allá hasta que ella bajara la guardia y pudiéramos aparearnos. Casi dos siglos atrás un obispo las había cantado claritas: “cosa del pecado” sentenciaba, a propósito de la cueca.
Perdí la noción del tiempo y me supuse zapateando días enteros, con mi cresta roja encendida como una brasa, desparramando plumas por toda la ramada.
De pronto, no sé cómo, quedé descalzo y comencé a sentir miedo de mis propias patas, con esas garras durísimas y los espolones que alguien había reforzado con un trozo de cuero con pedazos de Gillette. En cuanto a mi pico, lo sentía acerado, indestructible y recién afilado con una navaja suiza.
Vaya que fueron necesarios todos esos aperos, porque la Adela, así Castillita como era,  también tenía sus encantos y rápidamente me fueron saliendo pueblerinos al camino.
Primero nos dábamos una ronda, mirándonos de refilón, como miran los gallos. De ahí unas guapeadas erizando el plumaje del cogote hasta que pareciera un abanico. Luego, la primera andanada de picotazos, los primeros desgarros de piel y carne, los muñones sanguinolentos de plumas regándose por el piso, todo al ritmo de la cueca, ahora brava y cada vez más brava.
Al poco rato la sangre empezaba a chorrearles por todos lados y al menor descuido yo los iba dejando con un ojo menos. Tambaleándose, finalmente se alejaban de la pista a duras penas.
Pero no faltaron los porfiados, tres o cuatro que no se cabrearon hasta probar el acero  de mis espolones y hasta ahí no más llegaron. Estiraban la pata convertidos en una llaga viva que se mecía por pura inercia, mientras las cantoras gritaban ¡vuelta! y todo seguía girando. Ni siquiera quedaban buenos para una cazuela.

De a poco el zapateo fue apagándose y la música se diluyó, como tragada por el aire. La ramada se hizo estrecha y el suelo, húmedo y helado.

-          ¿Qué le hiciste a la Adelita, desgraciao? ¿Qué le hiciste?- me gritaba un viejo sin dientes desde el otro lado de la reja, blandiendo un bastón por sobre su cabeza.

-          Harto fea la que te espera cabrito, te pitiaste como a cinco gallos en la ramada- dijo después un paco al que no presté demasiada atención, porque estaba ocupado sacudiéndome las plumas con sangre seca que se me habían pegado en la ropa.

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