I
Casi nada había cambiado en
el pueblo, a pesar de esos doce o trece años de ausencia. El mismo polvo decrépito
levantado por un viento imperceptible, las mismas casas a medio caer temblando,
con vidrios rotos para dejar respirar a las cortinas, o a los fantasmas.
Volver fue idea de mi padre,
quien había pasado allí más de la mitad de su vida. Y ahora, ya muy pronto a
jubilarse, quizás necesitaba compaginar su inventario de recuerdos para cuando
ya no hicieran falta.
Lo curioso es que nos
arrastró a todos con él y más encima en Fiestas Patrias.
- De repente te encuentras con algún compañero de colegio o alguna
amiguita de esas a las que les escribías poemas-, me lanzó con cierta picardía,
a pesar de que ya le había dicho que sí, que iría con él y mi madre a pasar el
18 en la añosa casona del abuelo Alfredo.
Nos recibió con entusiasmo la Lidia , la nana de siempre y la
solitaria habitante de esos largos y oscuros pasillos. Albina y tartamuda, consagró
su existencia al servicio de la familia, por lo cual cuando el viejo murió mi padre
decidió que ella se quedaría al cuidado de todo y nadie tuvo argumentos medianamente
fundados para alegar en contra.
Obviando el clamor de la
fachada por una mano de pintura, la casa estaba tal cual como la había visto la
última vez, cuando vinimos al funeral del abuelo. Yo era apenas un adolescente
y me sentía incómodo en medio de esas paredes oscuras donde las manchas de la
madera semejaban ojos, culebras o bicharracos de ignota procedencia. Esa sensación
extraña me persiguió durante todos los días de duelo, a pesar de que yo había
crecido bajo ese mismo techo, que habíamos abandonado hacía apenas un par de
años, cuando mi padre cerró su ferretería y decidió dedicarse a otros negocios
en la ciudad.
Ahora las vetas de la madera
ni siquiera me llamaban la atención. Los años nos van curando de todo espanto,
supongo.
Me instalé en la que había
sido mi pieza cuando chico y, con nada más que hacer, intenté avanzar en los Relatos de Beckett, que mi ex novia me
había recomendado con tanto ahínco. Por más que lo intenté, al final me fue
imposible agarrar el hilo de la lectura. “Cuerpo desnudo blanco fijo invisible
blanco en blanco. Sólo los ojos casi azul claro apenas blanco”. De verdad no
lograba explicarme cómo el autor de líneas tan estúpidas podía haberse ganado
el Nobel.
Aburrido, salí al patio y me
puse a intrusear en los cachureos de la bodega. Pillé un cajón lleno de monedas
antiguas y restos de un par de revistas con noticias del terremoto del 60. Y
más al fondo, arrumbado entre los trastos añejos, al lado de un paragüero oxidado,
encontré el molino que usaba mi abuelo para hacer chicha.
La verdad es que mi memoria
no conservaba demasiadas imágenes respecto a cómo era el proceso de
fabricación, aunque sí retenía escenas del viejo amontonando sacos paperos
llenos de manzanas y ofreciendo botellas a diestra y siniestra entre parientes
y amistades. Eso sí, algunas no las compartía con nadie. “Esta es la chicha del
diablo”, alardeaba el anciano, como echándome miedo, mientras enterraba algunas
botellas en el patio. “Hay que atender a las señales para saber cuándo
sacarlas”, recuerdo que me dijo una vez, sin que yo le prestara mayor atención,
ni siquiera como para preguntarle a qué señales se refería.
Por lo que escuché a la
pasada, ese brebaje especial lo elaboraba con las manzanas que le compraba al
Turnio López, un tipo bizco y barbudo que infundía miedo entre los muchachos
del pueblo por sus modos hoscos y su fealdad. Según contaban, su quinta estaba
emplazada sobre un antiquísimo cementerio indígena.
Sin darme cuenta, me quedé
ahí plantado frente al molino, pensando en tantas cosas que ya se me habían
olvidado del abuelo. Eso, hasta que el olor a empanadas y la voz de mi madre llamándome
a comer me trajeron de vuelta al mundo de los vivos.
Después de almorzar le
pregunté a Lidia dónde había una pala. Volví al patio, mientras mis padres
visitaban a unos vecinos, y empecé a cavar.
Hacía hoyos no muy
profundos, revisaba, y volvía a colocar la tierra en su lugar. Así estuve casi
toda la tarde, hasta que oí el sonido inconfundible del vidrio.
Levanté la botella y le tiré
agua con una manguera para sacarle la tierra y los gusanos que tenía adosados
alrededor.
Ya limpia, la llevé a mi
pieza. Me duché y me cambié de ropa para ir a dar una vuelta a las ramadas.
Antes de salir me tomé casi la mitad de la chicha. El sabor era perfecto, dulce
pero con la frescura de la champaña.
II
Nunca supe nada de medias
lunas, vueltas, zapateos ni escobillados, pero ahí estaba yo, casi sin solución
de continuidad, dando zapatazos en medio de la pista y sacudiendo el aire con
un pañuelo roñoso.
La cueca sonaba fuerte y mi
cuerpo se movía como si estuviera poseído. Nada de cumbia ni reggaetón, sólo
los sones del “Guatón Loyola” y otras canciones del repertorio cuequero que en
mi vida había escuchado, pero que no podía dejar de seguir.
Era como si hubiera conocido
desde siempre los secretos de esa fórmula mágica que se conjura con la métrica
y las figuras que los bailarines describen sobre el suelo, como una telaraña
cabalística imposible de romper.
Sin mayor sorpresa reparé en
el rostro de la china que me acompañaba: era la Adela , mi compañera de banco
en la escuela, a quien le garabatee mi primera carta de amor cuando apenas estaba
aprendiendo a escribir.
Pero, claro está, las
guitarras, el acordeón y el pandero, junto al machacante compás del cajón, no
dejaban resquicios para el romanticismo. La cosa se trataba sólo de
supervivencia e instinto, de corretear por aquí y por allá hasta que ella bajara
la guardia y pudiéramos aparearnos. Casi dos siglos atrás un obispo las había
cantado claritas: “cosa del pecado” sentenciaba, a propósito de la cueca.
Perdí la noción del tiempo y
me supuse zapateando días enteros, con mi cresta roja encendida como una brasa,
desparramando plumas por toda la ramada.
De pronto, no sé cómo, quedé
descalzo y comencé a sentir miedo de mis propias patas, con esas garras
durísimas y los espolones que alguien había reforzado con un trozo de cuero con
pedazos de Gillette. En cuanto a mi pico, lo sentía acerado, indestructible y
recién afilado con una navaja suiza.
Vaya que fueron necesarios
todos esos aperos, porque la
Adela , así Castillita como era, también tenía sus encantos y rápidamente me
fueron saliendo pueblerinos al camino.
Primero nos dábamos una
ronda, mirándonos de refilón, como miran los gallos. De ahí unas guapeadas
erizando el plumaje del cogote hasta que pareciera un abanico. Luego, la
primera andanada de picotazos, los primeros desgarros de piel y carne, los
muñones sanguinolentos de plumas regándose por el piso, todo al ritmo de la
cueca, ahora brava y cada vez más brava.
Al poco rato la sangre empezaba
a chorrearles por todos lados y al menor descuido yo los iba dejando con un ojo
menos. Tambaleándose, finalmente se alejaban de la pista a duras penas.
Pero no faltaron los
porfiados, tres o cuatro que no se cabrearon hasta probar el acero de mis espolones y hasta ahí no más llegaron.
Estiraban la pata convertidos en una llaga viva que se mecía por pura inercia,
mientras las cantoras gritaban ¡vuelta! y todo seguía girando. Ni siquiera
quedaban buenos para una cazuela.
De a poco el zapateo fue
apagándose y la música se diluyó, como tragada por el aire. La ramada se hizo
estrecha y el suelo, húmedo y helado.
-
¿Qué le hiciste a la Adelita , desgraciao? ¿Qué
le hiciste?- me gritaba un viejo sin dientes desde el otro lado de la reja,
blandiendo un bastón por sobre su cabeza.
-
Harto fea la que te espera cabrito, te pitiaste como
a cinco gallos en la ramada- dijo después un paco al que no presté demasiada
atención, porque estaba ocupado sacudiéndome las plumas con sangre seca que se
me habían pegado en la ropa.

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