viernes 16 de diciembre de 2011

Ruidos nocturnos

Golpearon a la puerta. Mariana, sin sueño aún, pero hace casi una hora tendida en la cama, dudó unos segundos antes de bajar el volumen de la canción de Neil Young que escuchaba en su notebook.

Se sentía como acurrucada por esa nostalgia tan sureña de la voz quejumbrosa del canadiense, que hacía que los recuerdos despertaran en su pecho, mientras afuera la neblina que velaba las primeras horas de la noche iba disipándose para dar paso a la lluvia.

El sonido del Mp3 se hizo mínimo y a cambio invadió el cuarto y sus oídos el ruido del agua castigando el zinc de los techos.

Fue hasta la puerta y observó largo rato a través de la mirilla, sin encontrar a nadie.
Tuvo que haber sido la rama de algún árbol empujada por el viento, pensó, antes de volver a tenderse en la cama.

Olvidarlo no había sido fácil, como no le era fácil, en general, olvidar.

La última vez, después del cine, los ojos de ambos volvieron a reflejar la cara del otro y ella sólo atinó a toser para quebrar el silencio espeso que le había llegado a incomodar la garganta.

De improviso, como si perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caer, él le puso un brazo sobre los hombros y le dijo cerca de la oreja las palabras que concienzudamente, una a una, había ensayado mientras ambos, sentados en las butacas de la sala semivacía, miraban en la pantalla luminosa una película que hablaba justamente de la caída y la expiación.

Pero ella le dijo que no. Le dio un beso helado en la mejilla, sacó las llaves y entró a su casa sin mirar atrás. Sintió el portazo seco de su ex novio tras subirse al auto y siguió con la imaginación el recorrido del vehículo hasta que el sonido del motor se hizo imperceptible.

De eso había pasado una semana y ahora estaba sola, en un cuarto ajeno, pero muy cerca de él.

La profesora solterona que le encargaba el cuidado de su casa durante las vacaciones había partido por un par de días a Brasil, dejándola nuevamente a cargo de todo, igual como en ese verano, dos años atrás, cuando apenas le bastó una mirada del joven vecino de la veterana para caer enamorada a sus pies.

Pero esta vez, en pleno otoño, la soledad parecía haberse instalado en cada rincón, como una animita recordándole que apenas a unos cuantos metros –ocho, diez quizás- su ex novio escuchaba caer la misma lluvia que ella estaba sintiendo ahora. Solo también y sin duda pensando en las palabras que le dijo esa última noche, cuando ella se negó a volver con él.

La puerta sonó otra vez. Mariana pensó que de nuevo se trataba de alguna rama movida por el viento. Sin embargo, de todas maneras se levantó, despacio, apagó la luz, avanzó en puntillas y se asomó a una ventana que daba directamente a la casa de al lado.

Sus ojos vieron a su ex novio apagar las luces y asomarse, como ella, entremedio de las cortinas.

Alguien también había golpeado a su puerta.

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