domingo 29 de enero de 2012

Oliverio y el lobo


    
     En un punto todo se cruza: la paternidad, el abandono, la culpa, la intriga, la búsqueda, el viaje, el crimen, el sueño y la probabilística del azar. Ese punto podría fácilmente tener un nombre. Podría llamarse “Un hombre llamado lobo” (Duomo, 2011, 261 pp.), la séptima novela del joven escritor argentino Oliverio Coelho, una de las plumas seleccionadas por la influyente revista Granta dentro del grupo de los mejores narradores actuales en español.

     Lo medular de la historia son dos búsquedas, dos paranoicas pesquisas, alejadas en el tiempo pero emparentadas por la sangre. En las primeras páginas, Iván Lobo es visitado por un viejo de ojos celestes con aspecto de mendigo que sabe cómo reconocer a su padre, algo que ilusiona al joven, que vive junto a su abuela malhumorada. Convence al anciano de que lo acompañe en la travesía tras los pasos de su desconocido progenitor, pero un descuido de la vida doméstica termina por aguar los planes originales.

     En paralelo, pero cerca de veinte años atrás, Silvio Lobo, un inspector municipal proclive a los sobornos, emprende un periplo al sur de Argentina acompañado por Marcusse, un detective privado místico y ludópata, contratado para dar con el paradero de Estela. Ella fue su pareja, una muchacha joven que mantiene en un paréntesis de misterio la mayor parte de su pasado. Sin explicaciones, la chica lo abandonó, dejándolo con un bebé de meses.

     “De un modo imperceptible, desde el parto, ella se había ido transformando en la criatura –una madre nonata- y el recién nacido en una parte escindida de Silvio Lobo: su alma vampirizada”, nos dice el narrador, sin anticipar que semanas más tarde Estela volverá por el pequeño, dejando a Lobo completamente solo.

     Junto a Marcusse, llega a un pueblo llamado Carmen de Patagones, donde se supone vive el padre de Estela. Tras indagaciones fallidas, el padre abandonado comienza a convencerse de que se trata de una absurda aventura de provincia siguiendo las enigmáticas huellas de una cleptómana, adquiriendo lentamente la certeza de que ella no era la mujer que él había inventado. Y, de paso, descubriendo  que él mismo se ha convertido en el doble de alguien que ya no existe.

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