jueves, 1 de marzo de 2012

Cuentos que no llegan tarde



Sin demasiados trucos, Carlos Yushimito puede convertir un “día afilado y transparente” en una jornada verdaderamente inquietante, como bien lo evidencian los 11 cuentos reunidos en “Lecciones para un niño que llega tarde” (Duomo, 2011).

El volumen compila textos de sus dos primeros títulos -“El mago” (2004) y “Las islas” (2006)- más  algunos inéditos, materia prima que termina configurando un perfil bien definido del estilo y los temas de este escritor nacido en Perú en 1977 y que en 2010 fue destacado por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.

Pero ¿qué es lo que dejan las 246 páginas de esta anticipada antología?

Como casi en todas las buenas historias que provocan o inquietan, lo que queda contenido ante cada punto final son más preguntas que respuestas, cierres abiertos o impúdicamente anticipados, no mucho de lo que se dice o se muestra, sino lo que se sugiere o lo que, derechamente, se calla y oculta.

Con un lenguaje que logra su color definitivo gracias a certeros brochazos poéticos, el autor invita a un vertiginoso bamboleo entre la inocencia y la perversión, entre lo sórdido y lo tierno, a través de narraciones que se mueven lentas a pesar de la pendiente de desencanto y angustia.

“La muerte, en cambio, nos exige que la imaginemos severa pero condescendiente, como si fuera una vieja institutriz plagada de virtudes que toma mucho tiempo apreciar. Finalmente nos llevamos el mismo secreto; ese que entonces, con desesperación, quisiéramos que alguien compartiera con nosotros: ¿nos veremos de nuevo alguna vez?”, reflexiona el protagonista de “La Isla”.

Los sutiles cambios de perspectiva dejan la sensación de que no existe un centro y todo ocurre muy cerca de ninguna parte. Esto, a pesar de que en varios cuentos se explicita que el escenario es Brasil, específicamente su trastienda de favelas y lumpen de trágico destino, como en “Bossa nova para Chico Pires Duarte” o “Tinta de pulpo”. Y es que Yushimito, peruano, de ascendencia japonesa y con un presente que transcurre en Estados Unidos, salpica en su pluma un mestizaje que lo lleva incluso a desgajar parte de la universalidad de clásicos de la infancia como Carroll o los hermanos Grimm.

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