Sin demasiados trucos, Carlos Yushimito puede convertir un
“día afilado y transparente” en una jornada verdaderamente inquietante, como
bien lo evidencian los 11 cuentos reunidos en “Lecciones para un niño que llega
tarde” (Duomo, 2011).
El volumen compila textos de sus dos primeros títulos -“El
mago” (2004) y “Las islas” (2006)- más
algunos inéditos, materia prima que termina configurando un perfil bien
definido del estilo y los temas de este escritor nacido en Perú en 1977 y que
en 2010 fue destacado por la revista Granta como uno de los mejores narradores
jóvenes en español.
Pero ¿qué es lo que dejan las 246 páginas de esta anticipada
antología?
Como casi en todas las buenas historias que provocan o
inquietan, lo que queda contenido ante cada punto final son más preguntas que
respuestas, cierres abiertos o impúdicamente anticipados, no mucho de lo que se
dice o se muestra, sino lo que se sugiere o lo que, derechamente, se calla y oculta.
Con un lenguaje que logra su color definitivo gracias a
certeros brochazos poéticos, el autor invita a un vertiginoso bamboleo entre la
inocencia y la perversión, entre lo sórdido y lo tierno, a través de
narraciones que se mueven lentas a pesar de la pendiente de desencanto y
angustia.
“La muerte, en cambio, nos exige que la imaginemos severa
pero condescendiente, como si fuera una vieja institutriz plagada de virtudes
que toma mucho tiempo apreciar. Finalmente nos llevamos el mismo secreto; ese
que entonces, con desesperación, quisiéramos que alguien compartiera con
nosotros: ¿nos veremos de nuevo alguna vez?”, reflexiona el protagonista de “La
Isla”.
Los sutiles cambios de perspectiva dejan la sensación de que
no existe un centro y todo ocurre muy cerca de ninguna parte. Esto, a pesar de
que en varios cuentos se explicita que el escenario es Brasil, específicamente
su trastienda de favelas y lumpen de trágico destino, como en “Bossa nova para
Chico Pires Duarte” o “Tinta de pulpo”. Y es que Yushimito, peruano, de
ascendencia japonesa y con un presente que transcurre en Estados Unidos, salpica
en su pluma un mestizaje que lo lleva incluso a desgajar parte de la
universalidad de clásicos de la infancia como Carroll o los hermanos Grimm.

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