
Francis Scott Fitzgerald no fue un escritor experimental ni de vanguardia y a ello quizás se deba parte del menosprecio de la crítica de su tiempo hacia sus cuentos. Éstos, en cambio, eran muy cotizados por las revistas, que llegaban a pagarle hasta US$3.000 por texto.
“El curioso caso de Benjamin Button”, relato que da título a esta compilación, no encaja, sin embargo, en el realismo característico de este escritor estadounidense, cronista de la vida disipada de la “era del jazz”. Por el contrario, forma parte del puñado de cuentos de corte fantástico que escribió a lo largo de su carrera, truncada por un ataque al corazón en 1940, cuando se empinaba por los 44 años.
Inspirado por un comentario de Mark Twain donde se lamentaba de que el mejor periodo de la vida estuviera al principio y el peor al final, “El curioso caso de Benjamín Button” fue difícil de vender, a pesar de lo notable de su trama, que décadas más tarde motivó una exitosa película homónima.
La historia es simple: en un hospital de Baltimore nace el primogénito de Roger Button, presidente de una importante compañía ferretera. El único problema es que el bebé es en realidad un anciano de 70 años. Su reloj biológico avanza al revés y va rejuveneciendo con el paso de los años, mientras todo su mundo circundante sigue girando en contra.
Las siete narraciones que completan el volumen se acercan más a las obras arquetípicas de Fitzgerald, con esa demoledora nostalgia por un tiempo que jamás regresará y que se llevó consigo la última oportunidad.
Particularmente notable es “Regreso a Babilonia”, considerado uno de sus mejores relatos. “Ahora se alimentaba el vicio y el derroche a una escala absolutamente infantil, y de pronto Charlie comprendió el significado de la palabra “disipar”: disiparse en el aire, reducir algo a la nada”, reflexiona el narrador.
Otras piezas del volumen son “Lo sensato”, que habla sobre la pérdida del amor y la aceptación de que es irrepetible; “Sueño de invierno”, narración sacada del universo de “El gran Gatsby”, su novela más conocida, y “El niño rico”, que con sus más de 50 páginas linda con la novela corta.
Hay que leer a Fitzgerald de todas maneras. Lo que no comparto es su estilo de vida.
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