
Hay Henry Miller más allá de los Trópicos.
Menos conocidas y valoradas, pero quizás más polémicas que sus novelas “Trópico de Cáncer” y “Trópico de Capricornio”, las obras de su trilogía “La crucifixión rosada” también forman parte del material esencial de este controvertido escritor estadounidense.
Recién reeditado en Chile –junto a “Plexus” y “Nexus”- “Sexus” (1949) es el título que abre esta trilogía, marcada por un fuerte carácter autobiográfico.
Se trata de un voluminoso relato lineal, basado en las experiencias sexuales del protagonista-narrador, quien no se ahorra detalles a la hora de describir sus encuentros íntimos ni tampoco las divagaciones que manan de su rebosante mundo interior.
"Cuando volví a reanudar mi suplicio, parecía como si mi polla estuviera hecha de viejas tiras de goma. Ya no sentía absolutamente nada en el capullo, era como empujar un trozo de sebo rígido por una tubería. Y lo peor era que la batería estaba completamente descargada, si algo hubiese de ocurrir entonces, sería del estilo de hiel y gusanos correosos o una gota de pus en una solución de requesón claro. Lo que me sorprendía es que siguiera tiesa como un martillo; había perdido toda la apariencia de un instrumento sexual, tenía el aspecto repugnante de un cachivache barato de las rebajas de los grandes almacenes, como un aparejo de pesca de color vivo sin el cebo. Y en aquel brillante y resbaladizo cachivache, Mara se retorcía como una anguila. Había dejado de ser una mujer en celo, ya no era siquiera una mujer; era una simple masa de contornos indefinibles, culebreando y serpenteando, como un pedazo de cebo fresco que se viera subir y bajar a través de un espejo convexo de un mar embravecido".
No obstante el sello de pornógrafo que se le achaca a Miller, cuyos libros tardaron décadas hasta romper en los sesenta el cerco de la censura en Estados Unidos, “Sexus” no es solamente sexo. En una forma muy sui generis, como era de esperarse en un libro de culto como este, se trata también de una novela de amor.
“Rendirse absoluta, incondicionalmente, a la mujer que se ama es romper todas las ataduras, salvo el deseo de no perderla, que es la más terrible de todas”, confiesa el narrador apenas comienza la historia, en plena remembranza y búsqueda de Mara, la tanguista de un turbio salón de baile que termina robándole el corazón.
En plena crisis matrimonial, Miller también atraviesa una sequía creativa, la cual atribuye a la tristeza que su mujer, Maude, creaba a su alrededor.
La entrada en escena de Mara inyecta emoción y delirio a la vida del protagonista, que vive en forma disipada y pidiendo dinero prestado a sus amigos, el cual muchas veces va a parar a los bolsillos de la bailarina. Así, comienza a quedar patente que el erotismo que comparte con Mara tiene mucho más de interés económico que de complicidad afectiva.
Más adelante, cuando ambos se van a vivir a un cuartucho en el “Palacio de las Cucarachas”, la joven cambia de nombre a Mona e insta a Miller (bautizado por ella como Val, diminutivo de Valentine) a escribir.
A ratos la narración se vuelve tediosa, sobre todo por algunos insufribles monólogos del protagonista. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo que se impone es el estilo perturbadoramente poético de una prosa cercenada de prejuicios y rezumante de retórica contestataria. Es decir, el mejor Miller, más allá de los Trópicos.
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