lunes 19 de diciembre de 2011

Otro sueño


Corría a 150 kilómetros por hora, pero no sospechó que se trataba de un sueño.

Con sólo verla una vez se había enamorado de la chica que le dio la partida alzando y dejando caer su chaqueta de mezclilla azul por los aires, con la delicadeza de un cisne. Era rubia, delgada y de piernas largas, enfundada en jeans ajustados a la cadera, con ojos pardos que prendarían a cualquiera y la nariz erguida, terminada en una punta de redondez principesca.

Ni siquiera el nivel de detalle tan preciso que se le quedó grabado, considerando la noche y lo fugaz de la visión, le hizo sospechar a este corredor imaginario que la muchacha aquella no existía. Lo único que tenía claro era que la joven esa noche sería suya, porque a un par de minutos de largado el bullicio de esa carrera clandestina ya le había sacado bastante ventaja a su contendor, un Mercury Monterrey rojo, el cual a ratos ni siquiera alcanzaba a divisar por el espejo retrovisor. Pero, como le recordaban en su casa, con otro sentido eso sí, “Juan Segura vivió muchos años”, así que aceleró todavía más, exigiendo al máximo el motor de 292 pulgadas cúbicas, que parecía levantar por los aires los fierros de su endemoniado Ford Thunderbird de 1955.

Aferrado con fuerza al volante, el sudor espeso que brotaba de sus manos lo sentía tan verdadero, tan vívido como cada detalle de esa típica carrera “side by side” entre adolescentes patéticos con aliento a cerveza.

Viendo la meta casi al frente, volvió a pensar en la chica y en la suerte que le había sonreído durante aquella noche de juventud y locura, con la banda sonora del primer rock and roll. Oyó los gritos, los aplausos, la algarabía, pero el auto no se detuvo y siguió acelerando sin que él llegara aún a sospechar que todo era un sueño, el recuerdo tal vez de una película de Tardes de Cine o Cine en su Casa, daba lo mismo, y que la chica aquella nunca sería suya, porque el auto no se detuvo en la meta y siguió adelante, corriendo al ritmo de Charlie Ryan o Ronnie & The Daytonas, discos que su padre, que creció copiándole el peinado a James Dean, atesoraba con exagerado celo y que él sólo pudo escuchar un par de veces, a escondidas y medio asustado por el ruido a fritanga del vinilo en el tocadiscos.

A esas alturas lo único real eran los recuerdos, porque eran pasado y no sueño, como sí lo era la carrera aquella de la que se sentía indiscutido vencedor, a pesar de que su Ford Thunderbird, bautizado así en alusión al águila que produce el trueno al batir sus alas, según la leyenda de algunas tribus norteamericanas, no se detuvo en la meta y siguió adelante, cayendo tras romper las barreras de contención en una curva del camino de Niebla a Valdivia y ahora giraba como un trompo barranco abajo, mientras él se iba despertando a sacudones, aún atontado por el pisco, el ron y la cerveza, aferrado al volante y a la imagen de la rubia muchacha aquella del sueño, que de todas maneras nunca habría conocido, incluso si es que no se hubiera quedado dormido manejando a 150 kilómetros por hora, esa hermosa chica cuya imagen, sin embargo, le seguía acompañando, como aferrándose a su cuerpo ahora tembloroso, como en cámara lenta, mientras la inminencia del golpe final le tajeaba una mueca de horror en la cara, como si la muchacha fuera de verdad suya esa noche, la muchacha que temió se llamaba Muerte.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada