Con sólo verla una vez se había enamorado de la chica que le dio la partida
alzando y dejando caer su chaqueta de mezclilla azul por los aires, con la
delicadeza de un cisne.
Era rubia, delgada y de piernas largas, enfundada en jeans ajustados a la
cadera, con ojos pardos que prendarían a cualquiera y la nariz erguida,
terminada en una punta de redondez principesca.
Ni siquiera el nivel de detalle tan preciso que se le quedó grabado,
considerando la noche y lo fugaz de la visión, le hizo sospechar a este
corredor imaginario que la muchacha aquella no existía.
Lo único que tenía claro era que la joven esa noche sería suya, porque a
un par de minutos de largado el bullicio de esa carrera clandestina ya le
había sacado bastante ventaja a su contendor, un Mercury Monterrey rojo,
el cual a ratos ni siquiera alcanzaba a divisar por el espejo retrovisor.
Pero, como le recordaban en su casa, con otro sentido eso sí, “Juan Segura
vivió muchos años”, así que aceleró todavía más, exigiendo al máximo el
motor de 292 pulgadas cúbicas, que parecía levantar por los aires los fierros
de su endemoniado Ford Thunderbird de 1955.
Aferrado con fuerza al volante, el sudor espeso que brotaba de sus manos
lo sentía tan verdadero, tan vívido como cada detalle de esa típica carrera
“side by side” entre adolescentes patéticos con aliento a cerveza.
Viendo la meta casi al frente, volvió a pensar en la chica y en la suerte que
le había sonreído durante aquella noche de juventud y locura, con la banda
sonora del primer rock and roll.
Oyó los gritos, los aplausos, la algarabía, pero el auto no se detuvo y siguió
acelerando sin que él llegara aún a sospechar que todo era un sueño, el
recuerdo tal vez de una película de Tardes de Cine o Cine en
su Casa, daba lo mismo, y que la chica aquella nunca sería suya, porque
el auto no se detuvo en la meta y siguió adelante, corriendo al ritmo de
Charlie Ryan o Ronnie & The Daytonas, discos que su padre, que creció
copiándole el peinado a James Dean, atesoraba con exagerado celo y que
él sólo pudo escuchar un par de veces, a escondidas y medio asustado por
el ruido a fritanga del vinilo en el tocadiscos.
A esas alturas lo único real eran los recuerdos, porque eran pasado y no
sueño, como sí lo era la carrera aquella de la que se sentía indiscutido
vencedor, a pesar de que su Ford Thunderbird, bautizado así en alusión
al águila que produce el trueno al batir sus alas, según la leyenda de algunas
tribus norteamericanas, no se detuvo en la meta y siguió adelante, cayendo
tras romper las barreras de contención en una curva del camino de Niebla
a Valdivia y ahora giraba como un trompo barranco abajo, mientras él se
iba despertando a sacudones, aún atontado por el pisco, el ron y la cerveza,
aferrado al volante y a la imagen de la rubia muchacha aquella del sueño,
que de todas maneras nunca habría conocido, incluso si es que no se
hubiera quedado dormido manejando a 150 kilómetros por hora, esa
hermosa chica cuya imagen, sin embargo, le seguía acompañando, como
aferrándose a su cuerpo ahora tembloroso, como en cámara lenta, mientras
la inminencia del golpe final le tajeaba una mueca de horror en la cara,
como si la muchacha fuera de verdad suya esa noche, la muchacha que
temió se llamaba Muerte.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada